La Hija del Fuego: “Intensidad sin azúcar”

Fruto del monje, cacao, leche de almendras y una identidad visual que no deja dudas: esto es México artesanal. La Hija del Fuego es el resultado de un viaje interior que alguien tuvo el valor de convertir en oficio.

La Hija del Fuego - Pachuca, Hidalgo.
Tres barritas de chocolates sin azúcar de 40 g cada una.
  • Juan Barragán 302, colonia Morelos. Pachuca, Hidalgo.

Mis suegros saben de mi extraño entusiasmo por el chocolate desde el día que me conocieron. En esa época hacía pequeñas tabletas de chocolate que solía venderlas en un tianguis en Puebla. Así que no era extraño que de vez en cuando les llevara chocolate cuando los visitaba. Así que cuando me regalaron estas barritas de chocolate sentí que el pecho se me aceleraba y se me trababa la lengua en un intento por decir algo.

Los empaques de estos chocolates muestran una leyenda al reverso que te llama a la curiosidad. Es una corta narración de tres líneas:

“Hace muchos años, en un pequeño pueblo de Hidalgo, vivió una cocinera excepcional, con vasto conocimiento y habilidad en los sabores. Con el paso del tiempo se convirtió en leyenda, todos la recuerdan como La Hija del Fuego

Me resulta fácil esbozar una sonrisita y preguntarme si ha sido inventado o si realmente se trata de una leyenda local.

Por lo regular, los chocolates que suelo comprar los comparto con las dos personas que viven conmigo. Aunque debo admitir con un poquito de culpa que el reparto no siempre es equitativo.

Llegaron tres tabletas para los tres gustos: Cacao 100%, Alma de Cacao 80% y Cacao con Leche de Almendras 70%. Ninguna contiene azúcar, ni leche de vaca —las dos primeras endulzadas con fruto del monje, la de cacao puro sin nada que lo suavice—. Me quedo con la de almendras, que fue la que Arriety me obligó a abrir primero.

El aroma traspasa el papel aluminio y te hace cerrar los ojos.

Abrir una barra de chocolate es como abrir un libro nuevo. Pero los libros no huelen a chocolate —aunque deberían—. El aroma traspasa el papel, provocando que cierre los ojos un segundo mientras se dispara la imaginación. Cuando abro los ojos, ahí está la pequeña Arriety dando unos diminutos saltitos en espera de un trozo.

La pequeña Arriety brincaba de emoción preguntando si ya podía comerse alguno de los tres chocolates. Ella normalmente rechaza los chocolates muy amargos. Me quedé viéndola en busca de alguna reacción de desagrado debido al endulzante. No hizo ningún gesto. Simplemente se lo comió y calló como momia.

El rosa mexicano con motivos geométricos es muy mexicano.

La barra tiene una franja en rosa mexicano con motivos geométricos de textil indígena, lo que le da una identidad muy mexicana. En la parte superior, los sellos octagonales de advertencia: Exceso Calorías y Exceso Grasas Saturadas —presentes como en casi todo lo que vale la pena comer—.

El chocolate es marrón oscuro intenso, casi negro, y para esto tengo que pedir ayuda visual pues el daltonismo me juega en contra y hace que confunda los colores. Desde hace algunos años tengo por costumbre preguntarle a la pequeña Arriety de qué color son los objetos, muchos colores los percibo como la mayoría de la gente, pero otros suelo confundirlos. Por ejemplo, algunos tonos de verde los veo como azul y el amarillo lo veo como rosa pálido. “¿Acaso no te sabes los colores?” Me reclama la Arriety en tono de regaño.

La tableta de chocolate tiene un molde en relieve con un diseño de pirámides.

La superficie tiene un diseño de pirámides mesoamericanas que recorre toda la barra, coherente con la identidad del empaque, con su rosa mexicano, el textil indígena. Todo en ella dice que es mexicana. El único dato que le falta: cuánta leche de almendras contiene exactamente.

La tableta no tiene ranuras de quiebre, así que la barra se fractura como la tierra en un sismo, sin saber por dónde se abrirá la grieta. Te toca decidir tú cuánto comer. La envoltura es de un sencillo papel aluminio, cuyo objetivo es cumplir con lo esencial, conservar la tablilla delgada de 40 gramos.

Al fundirse, revela su leche de almendras de forma discreta —no es el lácteo cremoso que uno esperaría— sino algo más vegetal, el fruto del monje aparece casi de inmediato: un dulzor que no es el dulzor ansioso de la stevia, sino algo más tranquilo. Se queda en el paladar y no tiene prisa por irse. Es reconfortante para un chocolate que presume de no tener azúcar.

El nombre de la marca deja con ganas de saber más. Después de una pequeña investigación en línea, descubro la historia de Braulia Leonor, fundadora de la chocolatería desde 2018. Por sus entrevistas, entiendo que no lo vende como un producto, sino como una medicina capaz de sosegar el alma. Me entero que para Braulia, su chocolate es el resultado de un viaje interior que ya hizo y que tuvo el valor de convertir en oficio.

La Hija del Fuego. Es un buen nombre. Evoca calor como el cacao. Me recordó de inmediato a Daenerys Targaryen, madre de dragones, rompedora de cadenas, la que no arde, y le añadiría “la que come chocolates”.

  • El precio de las barras ronda alrededor de $70 pesos mexicanos. Y en un breve vistazo a su perfil de instagram, veo que vende colecciones de barras de chocolate pintadas a mano a un precio asequible.

Mientras reviso su información en línea descubro más cosas de Braulia. Dice que la semilla transformó su vida y por eso acudió a productores para aprender a hacer chocolate. El chocolate que tengo en las manos ahora cobra más valor cuando conozco su origen.

”Conocer el origen“. Reflexiono sobre esto mientras estoy en la terapia, a la que a veces me llevo chocolates para sortear la ansiedad o la tristeza. Le compartí un trozo de la barra “Alma de Cacao 80%” a mi psicólogo —un gran fan del chocolate y a quien he decidido tomar como sujeto de prueba de mis futuros chocolates—. “¿Qué sentiste cuando tus suegros te regalaron las barras?”.

Explicar por qué me siento bastante incómoda al recibir un regalo, y por qué de pronto surge un calor interno que busca desembocar en lágrimas que contengo a la fuerza me revuelve la mente. Él me ayuda agregando otra pregunta que me aclara el panorama. Por fin veo el origen.

Ahora sé por qué adoro tanto a mis suegros. El chocolate es solo un pretexto.


La Hija del Fuego
Pachuca, Hidalgo.
Pedidos: 771 129 0114
📷 @La_Hija_del_Fuego_