Arnoldi, un encuentro inesperado.
No iba a comprar nada ese día. El universo tenía otros planes y me puso frente a una vitrina llena de chocolate.
Como entusiasta y crítica de chocolate siempre compro el chocolate que me propongo reseñar y planifico mis degustaciones con días de anticipación en la comodidad de mi casa, en silencio. Investigo marcas, leo ingredientes, tomo notas.
Ese día de Halloween, no iba a comprar nada. Menos chocolate. Era solo una mamá tratando de sobrevivir a un centro comercial lleno de niños disfrazados.
Cuando menos te lo esperas, encuentras una tienda con chocolates.
El plan era llevar a la pequeña Arriety a pedir dulces en un centro comercial llamado “Plaza Explanada“ ubicado en San Andrés Cholula, donde se reunirían algunas mamás de la escuela.
No es que me guste la idea de pedir dulces en un centro comercial, pero las mamás habían elegido el lugar y no quise ser la amargada —sí lo soy— de proponer un lugar menos capitalista.
El objetivo de estos lugares es que gastes a la menor provocación y yo no estaba dispuesta a soltar un solo centavo bajo ninguna circunstancia.
Nos reunimos en el punto de encuentro donde había un enorme gato y muchísimos niños disfrazados de todos los personajes posibles: Bettlejuice, Ronald McDonald, Minions, brujas, princesas y guerreras K-Pop, la sensación del momento.
Arriety eligió un disfraz poco común: cuando le pregunté de qué quería disfrazarse me contestó: “Adivina”, y yo mencioné muchos personajes y ella me detuvo: no mamá, voy a disfrazarme de Adivina. ¿En serio? ¿Cómo se supone que es un disfraz de “Adivina”?
La pequeña vestía un traje azul, peluca y llevaba una bola de cristal para predecir el futuro a quienes se lo pidieran. Ella era feliz con su disfraz. Hasta que se aburrió de dar vueltas sin fin en una plaza comercial donde los niños intercambiaban dulces. Eran pocos los locales que se atrevían a dar golosinas sin verse avasallados.
Mi hija se fastidió. Quería jugar en los brincolines, no caminar mientras entregaba y recibía paletas, polvitos de la ranita, chicles y quién sabe cuántos caramelos tan llenos de azúcar para provocar diabetes en un día. Lo suyo era brincar sin parar.
Pero sus compañeras de escuela tenían otros planes y se retiraron después de dos horas. Arriety lloraba de frustración y tristeza por no poder hacer lo que ella quería.
La abracé con toda mi alma, buscaba darle consuelo a su llanto. Pero el universo decidió consolarme a mí. Me encontraba justo frente a la tienda Arnoldi, así que dejé a la Arriety con sus abuelos y entré hipnotizada al local atraída por una vitrina llena de placas de chocolate de varios colores. Adiós a mi propósito de no gastar absolutamente nada ese día.
Qué bonito se ve todo esto, pensé. Aunque mi instinto me gritaba: esto es cobertura, no es chocolate de origen. Y volví la mirada a las paredes, ahí solo encontré galletas y otra clase de repostería a la que no le puse atención.
La señorita que me atendió amablemente me indicó que podía tomar yo misma el chocolate con unas pequeñas pinzas. Chocolate blanco, de leche y negro: los clásicos. Algunos tenían almendras y avellanas.
Da una sensación de adrenalina romper esa placa grande de chocolate con las pinzas. No puedes calcular los gramos, así que es fácil llevarte pedazos enormes. Los 100 gramos costaban 105 pesos. Tomé un poco de cada tipo de chocolate para degustarlo en casa y con toda la tranquilidad del mundo, pero no ocurrió así. Nos los comimos antes.
Nos dirigíamos al Zócalo de Puebla y en el taxi iba pensando en mi decepción por no haber encontrado barras de chocolate además de las placas grandes de cobertura mezclada con semillas. Pero esas eran mis expectativas. Había leído poco sobre la marca, y ahora sé que tienen sucursales en Ciudad de México y Guadalajara donde posiblemente tengan más productos relacionados con chocolate.
Después de cenar cerca del Zócalo, como postre, repartí el chocolate. A todos les gustó, incluyendo a la pequeña Arriety, quien ya se encontraba bastante contenta y sorprendida por la cantidad de personajes siniestros que paseaban en la plaza. A pesar del frío, el chocolate se derretía fácilmente entre los dedos. A mí me gustó el chocolate con leche y trozos de almendras. Esta combinación siempre resulta adictiva y eso es por la cantidad de azúcar y lo crujiente de las semillas. Pero no volvería a ir hasta esa plaza comercial sólo para comprarlo de nuevo. Es un chocolate común, sin nada especial. Bien podrías comprar un chocolate con leche de Lindt y sería mejor. Pero si vas por repostería, es un buen lugar para conseguir regalos.
El chocolate de Arnoldi no es excepcional. Pero me recordó que el consuelo no siempre viene en forma de barra con 70% cacao de origen único.
A veces el mejor chocolate no es el más extraordinario que estás buscando, sino el que aparece justo cuando lo necesitas.
¿Vale la pena un chocolate común cuando llega en el momento perfecto?
Pensándolo bien, sí regresaría, pero a patinar a la pista de hielo.
La noche terminó con una calabacita llena de dulces, un poco de chocolate que no esperaba encontrar y con Arriety leyéndome el futuro... “¡¿Qué?! ¡¿Eso me depara el futuro?!”
