Ranas de chocolate de Harry Potter: “Lo que importa es el cromo”

Un viaje de regreso al mundo de Harry Potter a través de las icónicas ranas de chocolate de 150 gramos

Ranas de chocolate de Harry Potter: “Lo que importa es el cromo”
Esta rana no está hechizada. Foto: Enrique Sánchez

Dios tiene formas muy misteriosas de recordarte que, aunque ya te fastidie la mercadotecnia excesiva que rodea a Harry Potter, siempre puedes sucumbir al encanto de la nostalgia. Y si esa nostalgia viene envuelta en chocolate, la rendición es total.

He regresado al mundo mágico. Esta vez no es por tabletas de origen único, sino un regalo que mi cuñado trajo de su reciente viaje por Inglaterra: Ranas de Chocolate de Honeydukes. 

Cuando leí el libro por primera vezen el año 2000, jamás imaginé que terminaría diseccionando el dulce que Harry descubre en aquel primer viaje en el Expreso de Hogwarts. En la novela, la escena es un rito de iniciaci´n al coleccionismo: 


—¿Qué son éstos? —preguntó Harry a Ron, cogiendo un envase de ranas de chocolate—. No son ranas de verdad, ¿no?
—No —dijo Ron—. Pero mira qué cromo tiene. A mí me falta Agrip

En el cine, la escena se volvió icónica Por una licencia creativa: la rana salta de la caja y escapa por la ventana. En el libro, las ranas no están hechizadas: son sólo chocolate sólido. La versión real producida para Londres intenta conciliar mundos; son macizas como en la novela, pero su empaque evoca la suntuosidad visual de la pantalla. 

Escena de la película “Harry Potter y la Piedra Filosofal” donde aparecen por primera vez las ranas de chocolate.

“Lo que importa es el cromo”

Ron Weasley pronunció esta frase en la película, restándole importancia al chocolate frente al valor del coleccionismo. El verdadero encanto, al parecer, está en completar la galería de brujas y magos famosos. 

Mientras Ron presume tener más de quinientos cromos, yo observo con pobreza franciscana mi botín de apenas dos piezas: Ignatia Wildsmith, creadora de los Polvos Flu y Bowman Wright, el mago que diseñó la Snitch Dorada. Confieso que esperaba a alguno de los fundadores de Hogwarts, los más codiciados de la serie, pero mi suerte no fue distinta a la de un muggle. Aún no sé si quiero incursionar en esta aventura de coleccionar cromos; sospecho que prefiero seguir llenando el álbum Panini del mundial. 

La anatomía del chocolate londinense

Recibí dos versiones: chocolate con leche y oscuro. Ambas fueron producidas para el mercado británico, una población educada bajo el paladar de Cadbury (hoy propiedad de la trasnacional Mondelez)

La rana es imponente: 150 gramos de chocolate sólido. El empaque, una caja pentagonal de cartón azul y oro, es una réplica exacta de la película. Al tacto, se siente pesado. Al abrirla, la pieza viene sellada el celofán transparente; impresiona el molde que imita a un anfibio real. El hecho de que sea una edición para Londres y no para Estados Unidos le otorga una ventaja competitiva: las normativas europeas suelen ser más estrctas y evitan los jarabes de maíz de alta fructuosa y colorantes tan comunes en el mercado estadounidense. 

La rana pesa 150 gramos y no salta.

Chocolate con leche:

Los ingredientes son transparentes: azúcar, leche entera en polvo, manteca de cacao, pasta de cacao (30%), lecitina de soya y vainilla natural. Pese a ser un producto industrial, se agradece la ausencia de grasas hidrogenadas o nombres impronunciables.

Al contacto con mis dedos, la rana no saltó, pero sí comenzó a fundirse ligeramente, una buena señal del contenido de manteca de cacao. El aroma es de leche cremosa y vainilla. Para la cata familiar, tuve que usar un cuchillo japonés porque la rana es muy gruesa. Un trocito se funde rápido en el paladar. Al no tener grasas vegetales sustitutas, la sensación es limpia, nada "cerosa". El final te deja el sabor a mantequilla y azúcar que lo vuele adictivo.

El sello de la pequeña rana verde

Más tarde, el empaque me reveló otro detalle: el sello de Rainforest Alliance. Es irónico que el chocolate de una rana lleve el distintivo de otra rana verde. Esta certificación es necesaria para que las grandes marcas aseguren una cadena de suministro libre de esclavitud y deforestación. Es una señal de responsabilidad que se agradece en la industria masiva, aunque carezca del trato directo de los pequeños artesanos.

La cata del chocolate oscuro (53% cacao): 

Días después abrí la versión "Dark". Con un 53% de sólidos de cacao, el azúcar ya está en segundo lugar, seguido de la manteca de cacao. Al carecer de lácteos, tardó más en fundirse. Aquí, la naturaleza industrial del chocolate se vuelve más evidente: al no ser un cacao de origen único, carece de esas notas complejas.

Si tuviera que repetir, elegiría la versión de leche para comerla a mordidas (con su respectivo remordimiento de grasa y azúcar). El chocolate oscuro, en cambio, lo reservaría para fundirlo en agua y beberlo caliente o un frappé; porque sólido no me apetece.

¿Vale la pena el viaje?

¿Regalaría estas ranas? Sin duda. Para un fan de la saga, la cajita es un tesoro para la repisa. Al final, en este producto pesa más la mística del empaque y la fuerza de la nostalgia que el perfil sensorial del chocolate.

Lo reconozco: sucumbí al encanto, pero siempre le faltará magia al chocolate industrial. En este caso, como bien dijo Ron, a veces lo que realmente importa es el cromo.

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Photo by Shayna Douglas / Unsplash

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