Paseo chocolatero y efervescencia colectiva

Una vuelta exprés por la CDMX para reunirme con mi hermana, los chocolates y el fútbol.

Paseo chocolatero y efervescencia colectiva

Después de esbozar una sonrisa mientras tomaba una tacita de lágrimas ecuatorianas, se me borró la expresión con la derrota de la Selección Mexicana ante Inglaterra. La vida es así. Un día te burlas de los periodistas de Ecuador y al otro amaneces con la tristeza. Pero esta vez, hubo algo diferente en el equipo tricolor. Jugaron tan bien y tan enfocados que por momentos nos creímos que sí podrían pasar a Cuartos de final. Inglaterra siempre fue el favorito, su equipo vale diez veces más en el mercado que la selección mexicana. Y a pesar de eso, México los asedió constantemente, pero se cometieron errores que costaron caro. Creo que esta vez, vimos a la mejor selección mexicana en muchas décadas.

Llevaba una semana de mucho estrés emocional cuando mi hermana me propuso que fuera a visitarla a la CDMX donde se encontraba trabajando de manera temporal. Para aligerar la culpa que significaría desatender mis labores de madre abnegada e irme por unos días del lecho conyugal, tomé una libreta y escribí como poseída por Karimé Macías: “Sí merezco la abundancia”. “¿Y si… sí?” Lo repetí unas cien veces hasta que me percaté que estaba rayando la libreta de español de la pequeña Arriety.

Viajar sola —en mi condición de discapacitada de la vida— no fue una decisión fácil. La ansiedad por no ver y escuchar lo suficiente me ha inmovilizado más que la misma enfermedad. El miedo te puede paralizar, hacer correr o enfrentar al monstruo. Mi monstruo es la oscuridad y mi cerebro me ordena con mucha claridad que no me mueva. “Quédate segura en casa, otro día irás”. Lo siento cerebro, esta vez no voy a negociar contigo”.

No sé cómo, pero durante la oscuridad de la madrugada subí al autobús y llegué a la CDMX. Mi hermana fue a recogerme a la estación acompañada de dos perros extraños: Molly, de gran complexión, negra y jóven; y Milo, un perro anciano, de color gris y pequeño. ambos tan dispares como mi hermana y yo. Era un día antes de la inauguración del mundial de fútbol.

—¿Qué hacemos? —me pregunta la Artista. —Pues lo que más nos gusta a las dos —le contesto sin pensarlo. Teníamos a poca distancia un espacio que reunía nuestras más fervientes pasiones: el arte y el chocolate.

Mucho Chocolate

No había lugar que deseara tanto conocer como el Museo de Chocolate (MUCHO), el primero de su tipo en la Ciudad de México. La casona de arquitectura porfiriana que la alberga es tan bonita y acogedora que a cualquiera le gustaría vivir ahí.

Cuando llegas, las muchachas te conducen a la planta alta donde inicia el recorrido con una pared con diversos objetos como metates, mazorcas, jicaras y algunos muñequitos. Del techo cuelgan decenas de molinillos de madera de diferentes tamaños y formas, mientras que en el piso puedes observar los utensilios básicos para preparar chocolate.

Cada habitación de la casa cuenta una historia desde la semilla de cacao hasta el chocolate que se bebía en México. La guía tenía muy memorizado su discurso y nos fue llevando a cada espacio donde figuraban todo un compendio de artefactos, piezas arqueológicas e ilustraciones que mostraban la belleza de la semilla de cacao.

Utensilios como el metate de piedra volcánica, chocolateras de cerámica antiguas, tazas y molinillos, así como empaques de antiguas marcas comerciales de chocolate mexicano habitaban las salas cuyas paredes estaban adornadas de múltiples dibujos alusivos al cacao.

Una de las habitaciones tenía en su centro un gran contenedor redondo lleno de cacao en polvo que podías mover con una larga vara de madera que al menor contacto hacia volar partículas de cacao que llegaban a tu nariz. Esto solo era el preámbulo para después caminar por un espacio estrecho donde podías abrir y respirar diferentes aromas contenidas en botellas de vidrio con forma de matraces de laboratorio.

Llegamos a una pequeña sala tapizada de tablillas de chocolate de mesa. Qué cosa tan esplendorosa. Desde el piso hasta el techo, las paredes tenían pegadas ruedas de chocolate rústico que conseguían llenar la habitación de aroma a cacao con azúcar. La tienda del museo es un amplio espacio donde mi hermana y yo intentamos durante una hora elegir entre las decenas de tabletas que están a la venta. Ahí también tienen una chocolatería con vista al exterior en el que ofrecen distintos tipos bebidas de cacao y postrecitos de chocolate.

La Rifa Chocolatería

Del museo nos dirigimos a la Rifa, una chocolateria que igual ofrece bebidas, postres de cacao, tabletas y chocolate de mesa. La Artista, quien ya había visitado el lugar, fue quien me guió para elegir algunas tabletas y chocolate para beber. Me habría gustado quedarme ahí, pero en este punto ya iba cargada de tabletas bean to bar y con pocas horas de sueño. Estaba em0cionada, como Karimé.

Entrar al Zócalo

Mi hertmana no es muy hábil para madrugar, y yo no soy su madre para decirle que lo haga. Pero ganas no me faltan. En cuanto abrí los ojos mi primer pensamiento fue “vamos a ir al Fan Fest del Zócalo”. Lo decreté y me propuse despertar a mi hermana reprimiendo mi instinto de matriarcal dictadora.

Entrar al Fan Fest del Zócalo de la CDMX se convirtió en una misión personal para poner a prueba mis habilidades de resistencia, de guerrera, de madre luchona de cuatro ruedas. No fui pensando en todo lo que iba a caminar, simplemente lo hice. Desde el Ángel hasta el Zócalo, llegamos con la multitud y nos topamos con una de las vallas que bloqueaba la plaza del pueblo. Nunca creí que íbamos a quedar atascadas entre la valla y el gentío que amenazaba con aplastarnos. Cuando nos dimos cuenta del error, retrocedimos y nos escabullimos dos calles más adelante esquivando las carpas de los maestros de la CNTE. En la calle Venustiano Carranza donde la fila era extensa, nos formamos rápidamente y esperamos con algo de fe en que sí alcanzaríamos a entrar.

La organización del primer Fan Fest fue un desastre. No había una sola persona que se identificara como parte del staff. Nadie guiaba. Sólo policías y vallas para dar una amigable bienvenida a los aficionados nacionales y extranjeros.

Mientras esperábamos, ún pequeño contingente de madres buscadoras se detuvo frente a la fila. Es desgarrador. La inacción y el desprecio que este gobierno tiene por su causa te pone a pensar que si un día desaparece tu hija o tu hijo, a este gobierno le va a importar lo que vale la pulga de un perro sarnoso. Nadie tendría que buscar a sus hijos.

Cuando ya estábamos a unos metros de la entrada al Zócalo, mi hermana y yo nos encadenamos del brazo. Nadie nos iba a separar. La multitud nos empujó y soportamos la embestida. Solo una persona cabía por esa diminuta puerta. Según los cálculos oficiales, el Zócalo tiene una capacidad de entre 55 y 60 mil personas. Asistieron 93 mil, un récord histórico.

Gritamos cuando cruzamos la puerta de la valla “¡Lo logramos! ¡Ya estamos dentro!”. Las gigantescas esculturas mayas nos dieron una bienvenida más amable. Caminamos entre las personas con tal euforia hasta que una pared humana nos impidió seguir. Estábamos en medio de un mar de gente y no había salvavidas. Mi hermana comenzaba a tener dificultades para respirar, así que emprendimos la retirada hasta conseguir espacio suficiente para sentirnos seguras. Las emociones estaban a tope y quince minutos después de haber entrado, se oyó el portazo. Habíamos pasado dos horas en la fila bajo un sol inclemente, y faltaban dos horas más para que iniciara el partido. Somos regias, este calor no es nada.

El primer gol provocó una euforia colectiva que llevaba mucho tiempo contenida. No sé qué clase de líquido me cayó encima, pero no me importó. Estaba absorta viendo la alegría de la gente.

Pudimos haber visto el partido en un lugar más cómodo, con botana y cerveza a un lado. Pero elegimos estar ahí, en medio del calor, del olor a sudor, sin comer, en medio del mar eufórico. Ahora sé que ese sentimiento unificador es generado por una experiencia comunitaria que se llama efervescencia colectiva. Te conviertes en uno con la multitud, es una sensación de estar en contacto con lo sagrado. ¿No es la misma sensación de reír al unísono en un teatro lleno de gente o escuchar música en vivo entre fans que cantan cada letra?

Lluvia y festejo en el Ángel

Salimos del Zócalo casi igual que como entramos, a empellones. Salvo que ahora las dos escurríamos chorros de agua por la tromba que se soltó al final del partido. Teníamos hambre y llovía fuerte. Nos refugiamos en una panadería La Ideal ubicada en la calle 16 de septiembre. Después que paró la lluvia nos fuimos a comer y tomar cerveza al Salón Corona. Estábamos exhaustas, pero aún nos faltaba festejar.

Caminamos rumbo al Ángel de la Independencia. No sólo festejamos el triunfo de México vs Sudáfrica, también festejamos el cumpleaños de nuestro padre, eternamente ausente, cínico y miserable. Lo celebramos con gusto, porque a pesar del daño, tenemos que agradecer que sin él, no existiríamos, ni estaríamos cantando el Cielito Lindo frente al Ángel.

Antes de irnos a casa, pasamos a una panadería que se llama Pan-táctica y se encuentera en la calle Río Danubio casi esquina con Neza, en la alcaldía Cuauhtémoc. No dudé en pedir el Chocolatín Cardamomo. Se los recomiendo.

Una panadería secreta

Al día siguiente de la celebración en el Ángel y con el tiempo contado, fuimos a una panadería que mi hermana quería conocer porque la había visto en Instagram. Me llevó sin yo saber nada del lugar. Mi sorpresa fue que llegamos a una puerta negra donde tocabas un timbre y te abrían. Parecía una casa cualquiera, pero no. Entramos y no habia nada, hasta que seguimos caminando por un pasillo y al final, estaba todo.

Una sola habitación en donde estaban los panaderos amasando y dos mesas con banquitas de madera, coomo para unas 16 personas sentadas para desayunar. La fila de personas para ingresar se extiende por el pasillo. El menú es sumamente sencillo: huevos, pan francés, café, té y chocolate, además de la variedad de pan y hogazas que preparan frente a tus ojos, mientras que atrás está el fregadero y las cafeteras.

Pedí un chocolate caliente y un pan francés. Mi hermana y yo compartimos un rol de canela y una concha de chocolate. El pan recién horneado es la locura. El chocolate caliente pudo haber sido extraordinario igual que su panadería, pero no parece que le dediquen esmero, sabía más a leche que a chocolate. Todo lo demás es genial. Los comensales, en su mayoría extranjeros estaban fascinados y uno no me quitaba la vista mientras me comía la concha de chocolate. Espero que la próxima vez, lleve a la pequeña Arriety, sé que le va a encantar.

Oscuro Puro

Todavía quedaba tiempo para visitar una o dos chocolaterías más antes de regresar a Puebla. Llegamos a Oscuro Puro, una boutique que pequeña y abundante de chocolate que te hipnotiza durante el tiempo en que decides qué vas a elegir entre tanta maravilla.

No sólo producen chocolate de la casa, también ofrecen barras bean to bar de otras marcas mexicanas, así que descubrí algunas que no conocía.

Dichoso Cacao

“Hay otra chocolatería cerca de aquí, podemos ir”, dijo mi hermana, que ya buscaba en el Google maps para dirigirnos hacia allá. En Dichoso Cacao encontramos también marcas mexicanas de bean to bar, cacao en polvo, postrecitos, artesanías y utensilios. Un espacio dedicado al cacao con dos mesitas en el interior por si deseas tomarte una bebida. Mi hermana pidió una bebida de agua con cacao fermentado y cardamomo, le sorprendió y dijo que no había probado una bebida tan deliciosa y con textura terrosa. Nos tomamos el chocolate y partimos con tristeza.

Me habría gustado quedarme mucho tiempo afuera de la tienda platicando con la Artista. Pero el autobús no tardaba en salir y ya era hora de regresar a casa. Era hora de chocar los zapatos rojos.

El regreso

Llegué a Puebla en medio de una tormenta, pero mi mente estaba en calma. El miedo se agazapa cuando empiezo a controlar al monstruo que me acecha. Por esta vez, mi bastón blanco lo mantuvo a raya. Porque traje muchos chocolates para descubrir y degustar.

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