Crónica de una escéptica con sed de cacao: en busca de la espuma sagrada en un mar de mercancía china

La fe en los dioses podrá haberse esfumado, pero mi devoción por el agua de cacao permanece intacta.

Crónica de una escéptica con sed de cacao: en busca de la espuma sagrada en un mar de mercancía china
El hechizo del molinillo; la espuma sagrada. Foto: Enrique Sánchez

Cuando me integré a mi nueva familia en Puebla hace más de una década, conocí y aprendí nuevas tradiciones que, poco a poco, se convirtieron en parte de mi vida. Una de las más arraigadas la visita a la Parroquia de El Divino Salvador en San Salvador El Verde, un trayecto de diez kilómetros desde San Martín Texmelican. 

Diez kilómetros. Recalco la distancia porque la tradición exige un paso apresurado —como si a una le urgiera resolver una necesidad primaria— para llegar, casi sin aliento, a la misa dominical. Es un sacrificio de Domingo de Pascua que se recompensa con un banquete. La caminata dura poco más de dos horas si se mantiene el ritmo; si una se distrae con la plática o el vuelo de las mariposas, el camino se alarga.

La primera vez que hice el recorrido, la pequeña Arriety aún no nacía. Nos levantamos a las cinco de la mañana para partir una hora después. Mis suegros, mis cuñados y el Fanta avanzaban con un ritmo constante, sin jadear, como maratonistas en su día de descanso. A mí, en cambio, se me escapaba el corazón desde el primer kilómetro. Estaba convencida de que mi abultado cuerpo, poco acostumbrado al esfuerzo, caería como un costal de cemento. 

Sin embargo, el orgullo fue más fuerte que el dolor de pies. Más de dos horas después, alcancé la meta con la barbilla en alto y ni una sola lágrima. Con los años, la frecuencia de mi peregrinaje ha variado, y no siempre ha sido a pie.

Cuando llegó Arriety, la logística cambió. Había que cargarla entre varios, hasta que finalmente optamos por el camión. Para mí, el cambio fue un alivio; fingía decepción por no caminar, mientras una pequeña sonrisa de victoria se asomaba en mi rostro.

Este año, el camión nos dejó en la entrada del corredor que conduce a la parroquia. El trayecto es una carrera de obstáculos entre puestos de comida, mercancía china, plantas, ollas de barro y coronas de flores. El aire está saturado por una voz electrónica que pregona remedios milagrosos: grasa de armadillo con aceite de víbora.

Sobreviviendo a la carrera de obstáculos. Foto: Enrique Sánchez.

“La primera curación es gratis”, repite la voz. 

Avanzo entre la muchedumbre, tropezando con cajas que no alcanzo a ver. El espacio es angosto, apenas para dos filas de personas, y la prisa es el denominador común. Hay que ganarle al reloj para llegar a tiempo a la misa y, sobre todo, para llegar temprano al desayuno.

Aunque mi fe en las deidades se ha desvanecido, encuentro paz en el murmullo del silencio y la música. Arriety, que nunca ha estado en una misa católica, se asusta ante la solemnidad y el repentino movimiento de la gente cuando llega el momento de "dar la paz". Al terminar el servicio en el atrio, la multitud se abalanza hacia el interior del templo para ofrendar las coronas de flores a la Virgen y rezar ante la imagen de El Salvador.

Cumplido el ritual, comienza la verdadera búsqueda: el desayuno. Mis suegros tienen perfectamente ubicada a la mujer que prepara las mejores quesadillas de maíz azul: delgaditas, crujientes y generosas en relleno. Hay de tinga, chicharrón, mole y campechanas. Ahí estaba ella, en su puesto de siempre, como una constante en un mundo que cambia.

Para la comida en casa, compramos barbacoa de borrego y tortillas hechas a mano. Recorremos los puestos buscando el tesoro final: la palanqueta gigante de cacahuate y piloncillo.

De pronto, un movimiento me detiene. Una mujer agita con un molinillo una cazuela de barro llena de una espuma color café. El ritmo constante me hechiza. Le pido al Fanta que se detenga: es hora del agua de cacao.

Precisión al servir. Foto: Enrique Sánchez.

El calor es inclemente y el agua de cacao —o cacahuatole— se siente refrescante para el alma. Son mujeres de Zacatelco que viajan a El Verde durante Semana Santa para vender esta bebida hecha de cacao, maíz, haba, anís y canela. Ver esa cantidad de chocolate espumoso es hipnotizante. Se sirve tradicionalmente en jícaras; esta vez compré una pequeña para que Arriety guarde sus miniaturas.

Al retirarnos, el sonido del altavoz nos alcanza de nuevo. La voz ahora anuncia otro remedio mágico: el "Diabetón". La voz se desvanece mientras nos alejamos.

Aún sostengo mi vaso con los últimos sorbos de agua de cacao. Quisiera volver por más, pero el camino, al igual que la tradición de este año, ya ha quedado atrás.

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